La Plenitud de Cristo
Si tienes hambre y sed de la plenitud de Cristo, Satanás declarará una guerra abierta contra ti. Cuando él vea evidencia de que tu compromiso es real; tu diligencia en la oración, tu disciplina, tu negación de ti mismo, usará toda arma del infierno para intentar destruir tu testimonio. ¿Por qué? Porque tu testimonio es la respuesta de Dios a la apostasía y a la ruina.
De eso trata el horno de fuego en el libro de Daniel. Satanás ideó un plan elaborado para destruir el único testimonio del poder de Dios que quedaba en Babilonia. Culminó en un horno encendido al rojo vivo, destinado a eliminar toda prueba viviente de la verdad del evangelio de Dios (ver Daniel 3).
Satanás entró en el corazón del malvado rey de Babilonia. El rey levantó una enorme estatua de oro y la declaró el dios oficial de la nación, un objeto de adoración. Luego convocó a todos los oficiales y servidores de cada nación bajo el dominio de Babilonia para introducir la nueva religión. Cuando comenzara la música ceremonial, todos debían inclinarse ante ese nuevo dios.
Satanás también impulsó al rey a levantar un enorme horno de ladrillo y encenderlo de modo que las llamas ardientes fueran visibles para todos. ¿Por qué hizo esto Satanás? Seguramente sabía que no había gobernador, juez ni autoridad en toda Babilonia que resistiera el nuevo decreto. Ellos no necesitaban ser seducidos ni amenazados.
De hecho, todos debieron haber quedado perplejos, preguntándose: “¿Quién quiere complicarse la vida? Estamos muy bien; tenemos prosperidad, comida y bebida, una buena vida. ¿Quién querría renunciar a todo esto? Esta nueva religión es bastante fácil”.
Entonces, ¿de qué se trataba realmente el horno de fuego? Era completamente obra de Satanás, una manipulación preparada por él para destruir a los tres jóvenes. Quería eliminar el único testimonio de Dios que quedaba en Babilonia.
Los tres jóvenes respondieron al mandato del rey: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará” (Daniel 3:17).
Tres jóvenes israelitas piadosos servían en altos cargos del gobierno en Babilonia, hombres que eran testimonios visibles del evangelio que proclamaban. Se habían separado del estilo de vida sensual de Babilonia, dedicando en cambio sus vidas a la oración. Estos tres hombres no eran profetas ni sacerdotes, sino laicos que permanecieron fieles a Dios y puros de corazón en medio de las masas idólatras. ¡Ellos eran testigos de Dios para el mundo!
Fuente: worldchallenge.org
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