El Espíritu de Adoración
Cuando Moisés vio la revelación de la gloria de Dios; que Él es bueno, amoroso, cuidadoso, misericordioso y perdonador, rápidamente cayó de rodillas y adoró. “Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró” (Éxodo 34:8).
La revelación de la naturaleza de Dios abrumó a este hombre. Vio cuán misericordioso, paciente y sufrido es Dios con sus hijos, incluso con los de dura cerviz y con aquellos que lo entristecen. Moisés fue tan conmovido por esta revelación que salió de detrás de la roca, cayó rostro en tierra y lo adoró.
Es importante notar que esta es la primera vez que se menciona que Moisés adoró. Antes de esta revelación de la gloria de Dios, vemos a Moisés orando e intercediendo, llorando y suplicando a Dios por Israel, hablando con Él cara a cara. Lo oímos cantar alabanzas al Señor en la victoria junto al Mar Rojo y clamar al Señor en las aguas amargas de Mara. También escuchamos su clamor desesperado a Dios en Refidim, cuando el pueblo estaba listo para apedrearlo por no proveer agua.
Yo creo que este versículo nos dice mucho acerca de la iglesia hoy. Nos muestra que un cristiano puede orar diligentemente y cantar himnos sin realmente adorar. De hecho, es posible ser un guerrero de oración e intercesor y aun así no adorar verdaderamente a Dios. Puedes suplicar por tus hijos inconversos, orar por las necesidades de toda una iglesia, ser santo y humilde al buscar la carga de Dios, y aun así nunca adorarlo verdaderamente.
No quiero añadir otra definición más a la multitud de definiciones sobre lo que significa adorar. Ya existen demasiados libros publicados sobre diversas técnicas de adoración. En resumen, diré esto: La adoración no se puede aprender. Es un brote espontáneo, el acto de un corazón abrumado por una revelación de la gloria de Dios y de su increíble amor.
La adoración es una respuesta de gratitud. Reconoce que hace mucho tiempo debimos haber sido destruidos por nuestro pecado, mereciendo toda la ira de Dios por nuestros fracasos y faltas; pero en lugar de eso, Dios vino a nosotros con la poderosa revelación: “¡Yo aún te amo!”
En ese momento Moisés ya no estaba suplicando por el Israel pecador, ni estaba pidiendo dirección al Señor. No estaba clamando por un milagro de liberación, poder o sabiduría. Estaba maravillado ante la revelación de la gloriosa persona de Dios.
Fuente: worldchallenge.org
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