De una prisión en Roma hasta los confines de la tierra
No dejes de recordar a Jesucristo, descendiente de David, levantado de entre los muertos. Este es mi evangelio, por el que sufro al extremo de llevar cadenas como un criminal. Pero la Palabra de Dios no está encadenada.
2 Timoteo 2:8-9 (NVI)
Existen muy pocas cosas más imponentes que estar de pie en la orilla y ver llegar la marea. No importa lo que se interponga en su camino, ya sean castillos de arena, rocas o escombros… el agua llega. No podemos ordenar al océano que se detenga. Se mueve con una fuerza profunda y rítmica que está completamente fuera de nuestro control.
El evangelio se asemeja mucho a la marea.
A lo largo de la historia, los gobiernos han intentado eliminar el evangelio mediante leyes; los críticos han intentado silenciarlo con burlas y la oscuridad ha intentado apagar su luz. Pero, al igual que el amanecer o la marea, la buena nueva de Jesucristo es una fuerza imparable de la naturaleza, o más bien, una fuerza celestial.
En el primer siglo, si querías ver un un poder aparentemente imparable, dirigías tu atención a Roma. El imperio romano contaba con legiones, leyes y espadas. En comparación, el movimiento cristiano primitivo parecía increíblemente débil. Su líder había sido ejecutado en una cruz romana. Sus mejores misioneros y apóstoles eran golpeados y encarcelados con frecuencia. Para el observador casual, parecía que Roma tenía todas las cartas en la mano.
Pero el Apóstol Pablo conocía un secreto. Sabía que el poder de Roma era superficial; podía obligar a obedecer, pero no podía cambiar el corazón. El evangelio, sin embargo, es el poder de Dios (Romanos 1:16). Actúa desde dentro hacia afuera.
Pablo escribió a su compañero en la fe, Timoteo, desde un calabozo frío, diciendo:
No dejes de recordar a Jesucristo, descendiente de David, levantado de entre los muertos. Este es mi evangelio, por el que sufro al extremo de llevar cadenas como un criminal. Pero la Palabra de Dios no está encadenada (2 Timoteo 2:8-9, énfasis añadido).
Pablo comprendió que puedes encarcelar al mensajero, pero no se puede encarcelar el mensaje. Mientras el emperador Nerón se encontraba ocupado intentando aplastar la “superstición” acerca de Jesús, el amor de Cristo se propagaba como pólvora por el corazón del mismo imperio.
Esta es nuestra gran esperanza hoy en día. Cuando miramos al mundo y nos sentimos abrumadas por la oscuridad o la hostilidad hacia nuestra fe, debemos recordar lo siguiente: el evangelio ha sobrevivido a imperios anteriores. Ha sobrevivido a todos los tiranos que han intentado destruirlo. Llevamos un mensaje que no puede ser detenido porque está impulsado por la vida resucitada de Jesús.
Podemos ser valientes, no porque seamos fuertes, sino porque la Verdad que llevamos es invencible.
Señor Dios, gracias por el poder imparable de Tu evangelio. Cuando me sienta desanimada por el estado del mundo, recuérdame que Tu Palabra no está encadenada. Dame valor para mantenerme firme en mi fe, sabiendo que la luz de Jesús es más fuerte que cualquier oscuridad. Úsame para compartir esta esperanza transformadora con quienes me rodean. En el Nombre de Jesús, Amén.
Fuente: proverbs31.org
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