LENTO, un ritmo sagrado

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora…
Eclesiastés 3:1 (RVA-2015)

Todas las personas en la tierra se despiertan cada día con la misma cantidad de tiempo: 86.400 segundos. Ni más, ni menos. Sin embargo, a menudo tratamos el tiempo como un recurso escaso, apresurándonos como si de alguna manera pudiéramos aprovecharlo más.

Durante años, llevaba el ajetreo como una medalla de honor, llenando mis días de tareas y compromisos. Equiparaba el estar en movimiento con importancia y lo llamaba “victoria” cuando caía exhausta en la cama, con la agenda llena y el alma vacía. Estaba cansada y agotada espiritualmente. Demasiado ocupada para orar, demasiado distraída para notar la presencia de Dios, demasiado cansada para adorar. ¿Qué ganaba realmente con este ritmo si me alejaba de Aquel que da sentido a la vida?

Una mañana, en medio de otra rutina frenética, me vino a la mente Eclesiastés 3:1: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora…”.

Lo había oído muchas veces antes, usualmente en funerales. Sin embargo, ese día no me sonó ceremonial. Era un desafío silencioso. ¿Conocía el verdadero propósito del tiempo? ¿O solo intentaba sobrevivir a él?

Este versículo no solo describe los altibajos de la vida, sino que nos llama a vivir en sintonía con el tiempo de Dios. La vida no está destinada a ser una búsqueda constante. Dios establece el tiempo para Sus propósitos específicos, no solo a lo largo de la historia, sino también en nuestra vida cotidiana.

Pensé en cómo los corredores de larga distancia a veces utilizan el “método 80/20” para entrenar. El 80% de las carreras son lentas y restauradoras, mientras que el 20% son intensas. Parece contrario a la intuición, pero con el tiempo, el rendimiento mejora. El corredor se hace más fuerte al reducir la velocidad.

¿Y si mi vida espiritual necesitara ese mismo ritmo?

Fue entonces cuando LENTO se convirtió para mí no solo en un consejo, sino en una práctica espiritual transformadora…

  1. Lugar. Encuentra un lugar tranquilo. Deja que la quietud calme tu mente y tu cuerpo.
  2. Escuchar. Escucha, no a tus notificaciones, sino a la voz suave de Dios.
  3. Notar. Nota y fíjate en dónde está Dios presente en lo cotidiano y en lo ignorado.
  4. Tiempo. Pasa el tiempo que sea necesario hasta que tu alma encuentre descanso y respires la paz de Dios.
  5. Orar. Ora, alaba y adora a Dios, no solo a través de la música, sino también a través de la atención, la gratitud y la entrega.

Incluso Jesús, cuya misión no era otra que salvar el mundo, se tomó un tiempo para alejarse y estar a solas con el Padre (Lucas 5:16). No fue tiempo perdido. Fue tiempo sagrado. Eclesiastés 3:1 nos recuerda de manera similar que el tiempo no es algo que hay que llenar, sino algo que hay que honrar.

Quizás hoy no esté destinado a ser exprimido. Quizás esté destinado a ser un día lento. ¿Y si lo más significativo de hoy no fuera lo mucho que logras, sino lo profundamente que descansas en Dios?

Señor Jesús, venimos a Ti con el corazón abierto, conscientes de lo fácil que es llenar nuestros días de actividades. Ayúdanos a hacer espacio para la quietud en un mundo que a menudo nos mantiene apresuradas. Enséñanos a escuchar Tu voz tranquila y amorosa por encima de todas las distracciones, y abre nuestros ojos para que veamos dónde ya estás obrando en nuestros momentos cotidianos. Guíanos hacia la adoración verdadera, marcada por la gratitud, la rendición y la confianza, para que nuestro tiempo esté moldeado por el descanso en Tu santa presencia. En el Nombre de Jesús, Amén.

Fuente: Proverbs31.org

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